La metáfora en el trabajo de un Poeta, el testigo se desnuda

Dr. Moraima de Semprún Donahue
Howard University, Washington D.C.

Uno de los aspectos más notables en la obra poética de Luis A. Ambroggio es la facilidad intuitiva y conceptual, sumamente original, que da a sus metáforas. Sí, sabemos que es difícil, casi imposible, escribir poesía sin recurrir a este tropo, sin embargo hay autores que lo emplean mucho más artísticamente  que otros; Ambroggio es uno de ellos. En El testigo se desnuda no sólo las utiliza constantemente para transmitir intuiciones y aciertos simbólicos de mucha variedad, sino que adornan la mayoría de los poemas incluidos en este libro. Me gusta la palabra “adornar” pues quiere expresar muy bien lo que estamos señalando.  Aún así, digo que no sólo debemos emplear este verbo al analizar su conjunto y disfrutar el puntual simbolismo de su significado, sino que es incluso más importante examinar la profundidad de los conceptos filosóficos que emanan de su lectura. Señalo unos cuantos aciertos: “…puedo pintar un sentimiento / y enamorar con versos a un extraño atardecer de rosas…/ Soy de bronce, pobre, soliloquio de mil heridas. / Pero mis palabras arden y esculpen semen de sueños…” Escribe sobre una guerrera israelí a quien describe como “frágil diosa… /… me mirabas ‘paz’, y ‘paz’decías / con la tristeza oliva de un abolengo / esfumado en inciensos de sombras mutiladas… / …con un fulsil que a nadie ama.”

Este poeta es un inteligentísimo conocedor y filósofo de la vida y de la diversidad de los seres humanos que viven el júbilo o la tristeza, la belleza o la fealdad, la bondad o la maldad. Un modelo perfecto del a veces comportamiento innoble de una parte de la sociedad, se encuentra en dos poemas: “Just doing their job” y en “Your honor…” donde nos muestra irónica y cáusticamente, a jueces y fiscales coleccionistas de cadáveres de reos que el poeta define habían sido “flores prósperas” y que pasan a formar “parte de sus inventarios; / en sus jardines, digo, porque de triunfos se trata,” el triunfo de la injusticia, la perversidad humana. Aún más, en cierta manera pareja con lo anterior, el poeta hace hincapié en la soledad innata y el sufrimiento del ser humano. De ahí su tristeza, su melancolía.  Su visión es, con frecuencia pesimista, nos muestra sin reparo, la injusticia, la crueldad, la absoluta indiferencia hacia los derechos humanos. Todo esto lo contrasta con el lado de la felicidad; canta a la sensualidad, al amor en varias de sus facetas, al idealismo, la hermosura de la naturaleza y de los espacios atmosféricos. Muy a tono con lo que estamos proponiendo, en “Los tres esposos de la noche,” simboliza  la noche como una “Luz negra apasionada…dama voluptuosa,” que “enamora con dulces brisas / y se une en orgasmos de luna llena” mientras los planetas son “…inflamados…testigos.” Las metáforas que se refieren al amor, no sólo tratan del amor sensual, sino también del amor espiritual y, con gran originalidad, simboliza la sensualidad mostrando cómo se enamoran los astros y los espacios atmosféricos: “La luna engolosinada / con el crepúsculo / luce como enamorada / con cara llena y pálida. Bajo la luna y el sol / navegan los deseos en góndolas” En otro lugar dirá: “Todo el cielo está para beberlo /… para beberlo con amor de cándidos amantes. / …Recinto de caricias / donde el sol se funde con la noche…”  Se ve que entrelaza lo metafísico imbricado en  lo temático. En el poema “Te quiero” combina varios de estos conceptos amorosos. Bajo este título, cita a San Juan de la Cruz en el Cantar de los Cantares: “Yo soy para mi amado; y mi amado es para mí.” Donde San Juan se refiere al amor divino, Ambroggio da al amor sensual un cariz espiritual. Los siguientes versos evocan los del místico: “…de los viñedos rebosantes / en los valles y desiertos…/ recogemos uvas para el vino / que bebemos en la copa unísona de dos cuerpos insaciables…/ No puedo hacer un poema al amor sin …/ …abrazar tu alma en unión completa…/ Desde allí nacen…/  las lágrimas fértiles y dulces…/ la divinidad que en los rostros se revela.”

Uno de los temas esenciales que desarrolla el autor en este poemario es: el don de la palabra. Se podría decir que “Elementos para una discordia” es una explicación del profundo y mútiple significado que tiene para el poeta la palabra. La subrayo por su importancia conceptual y la forma en que el escritor la considera como una íntima compañera y amiga. Le da independencia como si brotara de por sí misma. La adorna cincelada por las  manos de la musa que le inspira. La seduce y se hace cómplice de esta inspiración, y la forma en que su esfuerzo conjunto, su pluralidad, su puesto en el texto, sus innumerables conceptos, su traducción en los varios tropos escogidos, se amalgaman para que nazca la poesía. Así explica: “El encuentro, la ilusión del encuentro, la comunión con este fuego que está abajo, adentro, nos provoca gusto, alegría, náusea, locura, éxtasis.” Yo añado: desesperación y congoja, pues cuando la llevamos clavada en lo más íntimo de nuestro ser, se oculta y a veces se niega a nacer. Es entonces cuando más la deseamos y menos nos satisface, es como una amante esquiva que nos tortura, concluye el poeta: “De allí que ese gene, ese embrio, ese amor con cuerpo y mente propia, nos involucre y enloquezca a cada uno de nosotros de diferente forma…” y  termina: “no comulgo con la distinción entre la palabra que define y la palabra que penetra… las dos crean placenteramente el ser.”

Como subtema que, hasta cierto punto, es semejante al artífice poético, nos encontramos con su definición de las penalidades que amargan a los poetas. Luis A. Ambroggio lo hace con un sentido muy al borde de la ironía. Crítica cáustica y furia controlada contra aquéllos que destrozan lo que es la verdadera obra poética y entorpecen su publicación. Titula uno de sus poemas, “Quehaceres del poeta.” En él precisa los requerimientos de los editores a los escritores. El poema habla de la humillación que sufren éstos al ser obligados a participar “en cuanto concurso aparezca / para obtener al menos mención honorífica” y de los dictámenes de aquéllos que tienen el poder de rechazar lo que se escribe pidiendo “palabras pulidas…con precisión artesanal con formas maquilladas y fondos bien vestidos,” haciendo “retorcer los adjetivos… / mientras se canta a la paz, a las guerras / con la misma mesura de entusiasmo / a la vanguardia o retaguardia del proceso / y enviarlos para que los desconstruyan / en las pizarras con eruditos martillazos,”.  Conforme a esta crítica, se ve que  los despojan de su originalidad, de su intuición poética para someterse a las reglas del mando y así poder enviar “el poema / para que viaje desteñido, por el mundo mendigando…” Otro poema que  consta de temática similar es “Turno con el crítico” Este es identificado como un médico: “Doctor, le traigo un yo poético recluso / para que lo examine con su lupa.” El poeta es el “yo poético recluso” que pide al crítico que vea el esmero e intuición imaginaria que emplean él y sus colegas para crear una literatura auténtica: “Que le confiese su narcisismo con los verbos…/ por qué rehusa ser construido por los sueños…/ Que le cuente sus juegos insensatos con la luna …Que le detalle el rosario de sus orgasmos / y las cadenas de mil dolores que a diario reza.” Acaba: “Cuando usted, doctor lo explique, acaso nos entendamos.” Quiere llegar a un mutuo entendimiento y reconocer el criterio de estas personas que se dedican a examinar profundamente la poesía y a juzgarla por su mérito, sin necesidad de atacarla, haciendo caso omiso de la tendencia del público llevado por la moda del momento, no por el valor intrínseco de la obra.

Contrastando con lo anterior, proclama que es también necesario defenderse de los malos poetas; para ello elige una flor, símbolo de la belleza natural, que “tiene espinas / para cuidarse de los poetas; y pétalos para confundir a las incipientes cibérnéticas…” Por fin: “y dudo que vean la luz del aire; ya están muertos, sin reverencia, / pero los volúmenes han sido vividos / mientras sientan que eran tiernos / eso basta. / Un buen poeta, al fin y al cabo, es el poeta que vive en todos.” Estas palabras no expresan rendimiento, sino que tratan de obtener una convivencia entre el lector, el critico y el autor.

Otros temas de mucha importancia dentro de este poemario son: el galope del tiempo que nos destruye, de ahí que llame a parte de esta coleccion “La Muerte del Tiempo;” la injusticia hacia los seres humanos, particularmente contra los aherrojados que no saben o no pueden defenderse; la existencia de Dios, el cántico al universo; el amor espiritual y el sensual; la personificación de la naturaleza terrestre y el ámbito atmósferico. La poesía existe de muchas formas, cuando se observa la belleza de un atardecer, en dos amantes haciendo el amor, en el vuelo de un pájaro, un cielo estrellado, un campo en flor, cuando se escucha la música de Mozart, Vivaldi, Bach, Rachmaninov y tantos otros magníficos compositores, Cada cual podría añadir su percepción y compenetración con la poesía. Sin embargo es el poeta quien la define a través de su voz, escrita o recitada, la palabra. Se dice que el poeta nace, así como el artista de la pintura, la escultura, la música, Sí, es muy posible que sea verdad, A pesar de ello se necesita la inspiración, la originalidad, un esfuerzo supremo para saber cómo engalanar los vocablos para que lleguen a su verdadero destino: la creación artística

Analicemos cómo Luis A. Ambroggio nos regala y sufre con ella. Nos referiremos para empezar a la introducción que escribió en uno de sus libros: Poemas desterrados. Indica que el poeta es un ser desterrado: “Ser poeta es estar lejos, incluso de uno mismo…el exilio, en su más extenso sentido, permite al poeta despegarse de la realidad, desterrarse, para entrar en el corazón de las cosas, recrearlas, y sólo así expresarlas con devoción…” A pesar de esta observación, añade: “…no se trata sólo de un escape de uno mismo, sino hacia uno mismo” y es aquí donde queremos ilustrar varios de los significados que el poeta da a algunas composiciones incluidas en este libro: “Song of myself” título inglés basado en una cita de Walt Whitman y que se traduce literalmente: “Canción de mí mismo” o si se quiere en un sentido conceptual más amplio: “Mi canción,” tiene como tema principal que el ser humano está poseído por los números. El hombre ha delegado su personalidad a la escritura aritmética, sin tener en cuenta ni el espíritu, ni la individualidad. Luis A. Ambroggio recorre su vida y se da cuenta que ha sido despojado de ser quien es para ser sustituido por una especie de incognito humano que únicamente existe a través de cifras impresas ya sea en su partida de nacimiento, su carnet de conducir, su pasaporte, sus tarjetas de crédito y varias otras que le hacen aparecer como parte integral de las masas, de la sociedad actual. Este aspecto real y temible que puede fácilmente deprimir a todo ser que pretende estar compuesto de carne y espíritu, le hace decir: “Las cifras me encadenan / desde la médula misma  / con mi serial inexorable. / Exceptúo el alma.” Estas últimas palabras subrayan que la esclavitud a que se refiere nunca podrá  someter su espíritu e, igualmente, su arte: “…perdido entre cielos inmóviles de poemas / y palabras exóticas de humo verde,” y en otro lugar se identifica en calidad de: “alma sólo alma”. No sorprende que de este tema se deriven el subtema de la soledad.  El ser que piensa y medita tiene por fuerza que experimentar la angustia existencial de la soledad . ¿Qué más soledad que la de la muerte inevitable?: “La muerte triunfa… / Los llantos siguen hirviendo en la sangre…esqueletos forrados con nombre” como consecuencia llama a la “Nada, / agradable palabra vacía.”  En el “Anciano” hace una comparación en lo que fue este hombre y lo que es ahora: “Ya no es aquel hombre que deletreaba la calle con pasos firmes…”

Vemos a Luis A. Ambroggio formando parte integral de una humanidad que se abisma en un pozo sin salida, esto le lleva a enjuiciar a los que ignoran o condenan a los oprimidos, entre ellos, jueces y fiscales, A los primeros les denomina “hienas con togas polvorientas.” Llama en cambio cariñosamente al condenado que no ha tenido la oportunidad de defenderse, “una gacela, un convicto, / un ciudadano empapelado, a la merced de la ‘justicia’.ciudadano inocente / por derecho…” a “la libertad y democracia…que nunca sirvió para arrastrarse / como reptil caído…” y  condena a los que ignoran, se hacen los desentendidos de los procesos jurídicos injustamente  impuestos a sus camaradas. Son ellos quienes “abona(n) la bota que patea al hermano.”

Ligado a este tema, podemos concebir que el poeta clame acerbamente contra la política del concebido “Primer Mundo” que niega la entrada a los oprimidos que por distintas causas, ya sea el terror de la persecución, la extrema pobreza o sencillamente el deseo de reunirse con sus familias tratan traspasar la barrera del dinero. Por el contrario aclama jubilosamente a los que se han atrevido a exigir derechos: “Qué alegría da la unidad de los aires libres. / Gypsies, legales de nacimiento / entran / anidan y salen, / almas negras / con proas de sol y baile”. Los encomia porque “frustran a los guardias de Fronteras / con su libertad de movimiento.” Hay cierta ironía al haber elegido a los gitanos como prototipo de los que rondan por el mundo sin cadenas ciudadanas.

Teniendo en cuenta que Luis Alberto Ambroggio siempre ha mostrado mucho interés por el estudio de las divinidades, especialmente las mitológicas, consta que es el Dios de los cristianos quien más le seduce e intriga. Este aspecto contenido en este libro, se destaca principalmente en el poema “La tumba de Dios.” el título parece indicar que la filosofía existencial de los teólogos radicales de los años 1960 que proclamaron la muerte de Dios, expresaba, en términos generales, que Dios como se acostumbraba a conocerlo, no existía ahora. Esta doctrina que tuvo muchos seguidores hacia mediados del siglo veinte, y los sigue teniendo, no es una doctrina atea, pues no cree en la existencia de ningún Dios. Nada ni nadie muere que no haya existido. Dios, por lo tanto no ha muerto, Los “dioses” paganos, pongo por caso, son  un invento de la humanidad que,  por la causa que sea, necesita creer en ellos.

Este poema no obstante abriga muchos otros subtemas. Aserta que muchas de las divinades que en un tiempo fueron temidas y veneradas han sido enterradas. Ya nadie se preocupa por desenterrarlas, cita entre otros muchos “el Dis poderoso de los Celtas,” el cananeo Baal, Osiris, dios de los egipcios que luego pasó a ser el de los infiernos, el nórdico Odín, “Quemós de los moabitas, el cruento Moloc del Levítico.” La lista es larga. Son “dioses antes temidos, ahora evaporados…Ni siquiera han vivido para morir en algún sitio / y resucitar como el hombre del universo lo exige.” El ser humano no puede conformarse con desaparecer, necesita un Dios eterno, por eso Ambroggio dice: “Mi Dios vive y se define ‘Yo soy’/ con el verdor y el fuego de un amor inagotable,” amor completo, amor eterno. Sigue cantando a su reino, el de la naturaleza, el espacio, “la Palabra que se vuelve luz y aves, día, fruta,… / Su voz en el silencio, Su espíritu en la intimidad que transfigura los cuerpos,…” la “Palabra” recordando al evangelio: In principio erat verbum et verbum erat apud Deum et Deus erat Verbum.  Traduciendo las tres últimas palabras “y la palabra era Dios.” Por fin: “Abierta la piedra que la tapaba, mira, Su tumba está vacía.”  No se necesita explicación.

Es muy probable que el tema que requiere la mayor concentración  y profundo estudio en este libro sea el de la bóveda celeste y sus derivados. Aparece desde los primeros poemarios ambroggianos, pero es aún mucho más frecuente en sus últimos libros. Precisamente en el ahora discutido, impresiona lo mucho que le intriga y le seduce. Lo expresa muchas veces a través de poemas enteros, simbólica o evidentemente. Para empezar se llama a sí mismo ”piloto del viento, piloto de lo inmenso y microscópico,” “piloto de huesos castigados.” Yo lo identifico como bohemio de los espacios atmosféricos por las muchas derivaciones que da a estos seres de la inmensidad, tanto a los humanos que los circundan, como los aviones que los atraviesan a los que llama “delfines del viento, ” incluso, uno de sus libros publicado en 1992, lleva el título Hombre del aire. Copio unos versos: “Hoy me entregué al viento / …en la libertad del cielo. / …La tierra me espera  / con brazos de madre. / Con mi sonrisa feliz / le traigo el sol triunfante.” Llama a los compañeros poetas “dioses liberadores, aviadores de ilusiones,” uniéndose a ellos con palabras que significan lo que nos interesa discutir: “Aviadores de un cielo temperamental que – como la lluvia que en nosotros mora – / hacia afuera está lloviendo y hacia adentro está llorando.” En este poema Pregónenlo, Aviadores hay varios otros ejemplos similares

Cuando quiere personificar al “cielo” lo hace de una manera muy curiosa.  Sostiene que éste no es culpable de las catrástrofes que ocurren cuando los seres humanos tratan de traspasarlo con métodos inventados por ellos que pueden ser mortíferos, como son los aviones, los satélites, rockets, entre otros muchos, por eso se identifica con los “Aviadores que casi siempre llegan a ser poetas, / pregonan al cielo, libertad fácil y absorbente…cuando el azul diluye las cadenas,” lo que indica que la atmósfera les libera y los absorbe. Llama a San Juan de la Cruz “aviador del cielo,” e insiste que “el cielo no es culpable” de lo que en él ocurre. Entre otros ejemplos, rememora una constante en la obra literaria del escritor Jorge Semprún, prisionero en Buchenwald, campo de concentración de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Semprún escribe sobre la ausencia de los pájaros que en un tiempo poblaban el bosque de hayas de la colina de Ettersberg, cerca de Buchenwald y que lo abandonaron a causa del humo infecto que emitía la chimenea del crematorio del campo. Ambroggio dice: “No, el cielo no es culpable. / Jorge Semprún, lo ha escrito con su vida hablando: / aunque el olor y las cenizas lo habiten.”

Una contínua voz lingüística en este poemario es la elección de vocablos que pertenecen a esa bóveda celeste de la que hablamos. No sólo aparecen en poemas que tienen temas similares, sino que se encuentran en otros de muy distinta temática, lo que indica su gran enamoramiento hacia su visión del mundo del más allá, señalo algunos: cielo, azul, aire, vuelo, espacio, nubes, universo, celeste, astros, Osa, las pléyades, Escorpión y Sagitario con sus múltiples metáforas que representan paralelamente: naves estelares, pájaros Sputtnik, estaciones del espacio, y formas de símbolos  mitológicos e históricos como : “¡Urano goza con Gea hasta su centro y engendra Venus!,” y el “Espíritu de San Luis” que piloteó Lindberg.

He tratado, y creo haberlo conseguido, hacer una breve evaluación crítica sobre el aspecto conceptual de El Testigo se desnuda, y he hecho, como si dijéramos, una especie de entremés literario señalando los principales elementos estilísticos y temáticos que se encuentran dentro de este poemario. Naturalmente no nos es posible profundizar sobre su contenido dentro del límite de espacio que se impone en un trabajo como éste, de ahí que lo llame simbólicamente “entremés”,  lo otro constituíría un libro. Resta por decir que mi propósito ha sido, sobre todo, alentar al lector para que lea con detenimiento y, espero placer intelectual, la poesía de este excelente poeta, Luis Alberto Ambroggio.